lunes, mayo 11, 2015

No tengo palabras...

... para expresar lo que ahora siento.

Durante muchos meses, he mantenido un silencio sepulcral. Y no por nada grave, no por el trabajo, no por el asco y la grima que algunas veces me produce escribir sobre la política en mi país. Lo que en un momento pensé que nunca pasaría, sencillamente pasó.

Pensé que mi vida giraría alrededor de mi trabajo, mis sobrinas y mi familia más cercana, mis amigos, mis aficiones y un montón de cosas más. Sin embargo, conocí a una mujer que me alteró TODO. Lo que yo pensaba, lo que yo sentía, lo que quería hacer de mi vida. Un 2 de noviembre de 2014 un terremoto sacudió mi vida para siempre.

Durante meses, y puedo decirlo sin miedo a equivocarme, toqué la felicidad con los dedos. Cada vez que me abrazaba a ella, que compartía sus pensamientos, incluso cuando discutíamos era una persona feliz, en el sentido más amplio de la palabra. Cientos de planes, de ideas, de anhelos aparecieron en mi vida, o quizás reverdecieron porque nunca desaparecieron sino que se agostaron a la espera de la lluvia que hace renacer todo. Y ella era la tormenta.

La distancia no importaba. Los kilómetros y el cansancio no contaban cuando el objetivo era estar con ella. Sus manías no importaban, sus estereotipos no eran obstáculo. Sus filias y sus fobias eran suyas, pero todas y cada una de ellas la hacían la mujer perfecta. Sus cabreos, su forma de hablar murciana, sus excesos, sus debilidades y sus fortalezas parecían hechas para mí.

Sin embargo, hace tres semanas todo eso se vino abajo. Lo que era felicidad, lo que era amor, lo que era afecto, sencillamente se rompió. Igual que ves la pequeña grieta en la perfecta copa de cristal que sabes que la acabará destruyendo, así me sentí yo. Toda esa seguridad y felicidad se tornó miedo. Miedo a perderla, miedo a no poder estar con ella y a no poder despertarme un día más junto a ella en la cama. Y vivir con miedo es un infierno. Porque todo lo que te rodea te parece una amenaza, una posibilidad más de que todo se vaya al garete, de que todo se vaya a la mierda.

Y ayer, 10 de mayo de 2015, la copa se rompió. Creo que en estas tres semanas he llorado más que en toda mi infancia. Cuando eres niño, las cosas te hacen llorar porque no las conoces, pero cuando eres adulto, lloras cuando las pierdes porque sabes que no las recuperarás jamás.

El viaje de vuelta a mi casa, en mi coche desde Burgos fue triste. Muy triste. Cada canción que escuchaba me recordaba a ella. Un gesto, una caricia, un abrazo, un beso. Algunas canciones que antes escuchaba emocionado por el propio autor, se me clavaban en el alma ya que entendía perfectamente al autor en cada estrofa y en cada palabra. Ahora era yo el protagonista de la canción.

Pero esa situación de desesperanza, de tristeza infinita, de "apagón" personal es mucho peor cuando sabes a ciencia cierta que eres tú mismo el causante. Que tu propia desidia, que tu falta de tacto, que tu egoísmo es la causa de tanto dolor es tan deprimente como frustrante. Porque sabes que la copa se ha roto POR TU CULPA. Y eso es lo peor. Porque sabes que esa felicidad las has perdido por tu culpa.

Hoy me he levantado para trabajar, y creo que por una vez, voy a agradecer a chorizos, maltratadores, golfos y clientes de toda condición que existan. Porque ahora son ellos los que van a tratar de borrar mi recuerdo, de apagar la imagen, de desviar la atención. Cada vez que me quedo quieto, y que dejo de pensar en algo, aparece su imagen, medio llorosa mientras nos abrazábamos por última vez un 10 de mayo de 2015. Y las lagrimas vuelven a brotar.

Cariño: no sé si esto lo leerás alguna vez. Pero solo decirte que jamás he querido a una persona como a tí. Tu recuerdo permanecerá indeleble en mi pensamiento y en mi corazón hasta el día que me muera. De todo corazón, gracias por haberme dejado estar contigo y haber conocido por primera vez en la vida lo que es la felicidad compartida. Porque si la felicidad no es compartida, no es nada.


Un beso


Mortgage